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Alrededor
de todos los campos de futbol del universo hay zarzales y ortigas. Me
encuentro hasta las rodillas en un matorral y radiografiando las
cercanias con la mirada intento buscar el balón, que naturalmente algún
otro ha pateado por encima de la cerca. En situaciones semejantes me
sobrecoge siempre una paciencia que en general no me es propia. En lugar
de pisotear el bosquecillo y buscar el balón, por decirlo así
ofensivamente, pienso encontrarlo sólo mirando intensamente.
Esto
no funciona nunca. Todavía no ha funcionado nunca durante los veinte años
de mi carrera futbolistica en campos de deportes públicos. Siempre algún
otro encuentra el balón: Uno de mis compañeros de juego , para quien
luego de algunos minutos de espera la cosa esta pasando de castaño
oscuro y se decide a exponer las propias piernas.
Yo
tendría que mencionar que soy alérgico a los matorrales. Y a la
hierba.
Quizás
por eso no tengo ganas de moverme entre los zarzales; pero en realidad
estar parado aquí tampoco es mucho más agradable. Más
tarde las piernas me van a picar y voy a jugar con todo tipo de
palpitaciones y contracciones.
Hoy
tampoco me da resultado la mirada radiográfica. Es aproximadamente tan
sensato como mis intentos vanos de mover una moneda puesta en la mesa sólo
mediante energía mental.
Incansablemente
lo pruebo una y otra vez con concentración extrema.
Allá
adelante! Eso podría llegar a ser el balón!
Algo
blanco brilla en el bosquecillo. Me agacho todavía un poco más y oh!
allí! que gran espina! mejor que tenga cuidado con ella, e, inseguro
por este pensamiento que está infestándome verdaderamente, pierdo el
equilibrio y me caigo sin freno en el matorral. Quizás las ortigas podrían
haberme frenado.
Algo
duro y redondo me apreta desagradablemente la espalda, supongo que es el
balón. Parece que se había camuflado con algunas hojas muy cerca mío.
Saco
el balón de abajo mío y lo tiro por encima de la cerca. Allá lo
reciben con callada alegría.
Sigo
echado en el suelo un poco más y medito sobre mis habilidades
sobrenaturales. Cuando finalmente atravieso luchando la espesura, me
mandan a la puerta, mejor dicho todos los otros estan corriendo
perfectamente atolondrados por el resto del campo. Y el que tiene la
mala suerte de ser el último o es tonto y corre simplemente hacia
adelante o se queda atrás porque ve que la puerta está
vacía.
Esto
es en efecto soló otra especie de tontería porque abandonar la puerta
es casi imposible. Cuando empiezas a gritar ‚cambio de portero’,
primero bajo y después cada vez más desesperado, casi siempre te
ignoran hasta el final del partido.
Al
cabo de diez minutos de gritos irresolutos tiro por la borda esa táctica
y corro también hacia adelante y veo como un compañero digno de
compasión registra de repente que ahora él mismo es el último. Abre
la boca para protestar pero reconoce rápidamente la inutilidad de su
empresa y se queda parado en la lluvia con los hombros caídos.
Yo,
en cambio, espero impaciamente en el medio campo a treinta metros de la
puerta y de hecho alguno me pasa el balón. Mejor dicho, el extremo
derecho chuta un balón ciego y duro a la alturo de las pelotas
casualmente en mi dirección, de modo que mi elaboración futbolística
toma tendencias Ramelowences antes de que todo funcione como me imagino.
Qué
hago ahora? Porqué nadie se mueve? Y cómo me escapo del pequeño
jugador marroquí que está pisoteándome el tendón de Aquiles desde
hace 25 segundos. Naturalmente
en el pie que no lleva el balón.
Creo
que se llama Mohamed. Pero algunos lo llaman también Mustafa. O Sharif.
Él sabe igual quién es el aludido.
Es
más dificíl con Klaus, que en realidad se llama Jürgen. O Hermann?
De
Peter sé que no se llama Peter porque la última vez que me despedí de
él en el gimnasio, donde jugamos desde hace cuatro años, con un «Chau,
Peter, que te vaya bien!» me respondió «Chau, y no me llamo
Peter!». Así quedó claro que no se llama Peter si bien durante estos
cuatro años siempre se sentía aludido cada vez que escuchaba «Bien
hecho, Peter!».
Yo
de todas maneras capitulo ante MustafaSharifMohamed y devuelvo el balón
hacia afuera, donde el mismo jugador, (Jürgen? Hans? Karl? Creo que era
Rudi!) que me sorprendió antes con sus habilidosos pases, me divierte
con su forma de parar el balón. El
balón salta desde su tibia a aproximadamente cuatro metros, un jugador
contrario se interpone corriendo y llega un segundo antes al balón. Sin
embargo mi compañero llega a tiempo para
pisar en lugar del balón el pie del adversario que vuela, grita
y cae. Las escenas siguientes son como todo lo anterior libremente
intercambiables. Mientras uno maldice de dolor, el otro grita en seguida
“No fue foul! Quise jugarlo!”.
Divertidos
tumultos resultan.
Me
quedo en el medio campo y pienso en mi novia. A
decir verdad pienso en el hecho de que ella me abandonó hace semanas.
Y todo sigue
igual o peor. Y
pienso en que me había regalado un libro de despedida, a saber “cien
años de soledad” de García
Marquez. Muchas
gracias.
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