Version Espanol
"Zarzales y Ortigas"
(2003)

 
übersetzt von Sabine und Carlos


 

 

Alrededor de todos los campos de futbol del universo hay zarzales y ortigas. Me encuentro hasta las rodillas en un matorral y radiografiando las cercanias con la mirada intento buscar el balón, que naturalmente algún otro ha pateado por encima de la cerca. En situaciones semejantes me sobrecoge siempre una paciencia que en general no me es propia. En lugar de pisotear el bosquecillo y buscar el balón, por decirlo así ofensivamente, pienso encontrarlo sólo mirando intensamente.

Esto no funciona nunca. Todavía no ha funcionado nunca durante los veinte años de mi carrera futbolistica en campos de deportes públicos. Siempre algún otro encuentra el balón: Uno de mis compañeros de juego , para quien luego de algunos minutos de espera la cosa esta pasando de castaño oscuro y se decide a exponer las propias piernas.

Yo tendría que mencionar que soy alérgico a los matorrales. Y a la hierba.

Quizás por eso no tengo ganas de moverme entre los zarzales; pero en realidad estar parado aquí tampoco es mucho más agradable. Más tarde las piernas me van a picar y voy a jugar con todo tipo de palpitaciones y contracciones.

Hoy tampoco me da resultado la mirada radiográfica. Es aproximadamente tan sensato como mis intentos vanos de mover una moneda puesta en la mesa sólo mediante energía mental.

Incansablemente lo pruebo una y otra vez con concentración extrema.

Allá adelante! Eso podría llegar a ser el balón!

Algo blanco brilla en el bosquecillo. Me agacho todavía un poco más y oh! allí! que gran espina! mejor que tenga cuidado con ella, e, inseguro por este pensamiento que está infestándome verdaderamente, pierdo el equilibrio y me caigo sin freno en el matorral. Quizás las ortigas podrían haberme frenado.

Algo duro y redondo me apreta desagradablemente la espalda, supongo que es el balón. Parece que se había camuflado con algunas hojas muy cerca mío.

Saco el balón de abajo mío y lo tiro por encima de la cerca. Allá lo reciben con callada alegría.

Sigo echado en el suelo un poco más y medito sobre mis habilidades sobrenaturales. Cuando finalmente atravieso luchando la espesura, me mandan a la puerta, mejor dicho todos los otros estan corriendo perfectamente atolondrados por el resto del campo. Y el que tiene la mala suerte de ser el último o es tonto y corre simplemente hacia adelante o se queda atrás porque ve que la puerta está  vacía.

Esto es en efecto soló otra especie de tontería porque abandonar la puerta es casi imposible. Cuando empiezas a gritar ‚cambio de portero’, primero bajo y después cada vez más desesperado, casi siempre te ignoran hasta el final del partido.

Al cabo de diez minutos de gritos irresolutos tiro por la borda esa táctica y corro también hacia adelante y veo como un compañero digno de compasión registra de repente que ahora él mismo es el último. Abre la boca para protestar pero reconoce rápidamente la inutilidad de su empresa y se queda parado en la lluvia con los hombros caídos.

Yo, en cambio, espero impaciamente en el medio campo a treinta metros de la puerta y de hecho alguno me pasa el balón. Mejor dicho, el extremo derecho chuta un balón ciego y duro a la alturo de las pelotas casualmente en mi dirección, de modo que mi elaboración futbolística toma tendencias Ramelowences antes de que todo funcione como me imagino.

Qué hago ahora? Porqué nadie se mueve? Y cómo me escapo del pequeño jugador marroquí que está pisoteándome el tendón de Aquiles desde hace 25 segundos. Naturalmente en el pie que no lleva el balón.

Creo que se llama Mohamed. Pero algunos lo llaman también Mustafa. O Sharif. Él sabe igual quién es el aludido.

Es más dificíl con Klaus, que en realidad se llama Jürgen. O Hermann?

De Peter sé que no se llama Peter porque la última vez que me despedí de él en el gimnasio, donde jugamos desde hace cuatro años, con un «Chau, Peter, que te vaya bien!» me respondió «Chau, y no me llamo Peter!». Así quedó claro que no se llama Peter si bien durante estos cuatro años siempre se sentía aludido cada vez que escuchaba «Bien hecho, Peter!».

Yo de todas maneras capitulo ante MustafaSharifMohamed y devuelvo el balón hacia afuera, donde el mismo jugador, (Jürgen? Hans? Karl? Creo que era Rudi!) que me sorprendió antes con sus habilidosos pases, me divierte con su forma de parar el balón. El balón salta desde su tibia a aproximadamente cuatro metros, un jugador contrario se interpone corriendo y llega un segundo antes al balón. Sin embargo mi compañero llega a tiempo para  pisar en lugar del balón el pie del adversario que vuela, grita y cae. Las escenas siguientes son como todo lo anterior libremente intercambiables. Mientras uno maldice de dolor, el otro grita en seguida “No fue foul! Quise jugarlo!”.

Divertidos tumultos resultan.

Me quedo en el medio campo y pienso en mi novia. A decir verdad pienso en el hecho de que ella me abandonó hace semanas.  Y todo sigue igual o peor.  Y pienso en que me había regalado un libro de despedida, a saber “cien años de soledad”  de García Marquez. Muchas gracias.